Calma
Atrapado en tus ojos. Solía estar despierto, velando tu sueño, sentía aquella caricia que me hacía sentir lo más profundo de tí.
Suspiré eso como lo lleva un canto, y bajo el techo oscuro que cubre la noche me recosté sobre el suelo frío, ví las estrellas como incontables números de infinidad y consumí pensamientos que invadían mi perturbadora mente llena de los escalofríos que deja el sereno.
Volví mi cabeza hacia un costado y visualicé el mar que yacía dormido y oscuro. Me invadían pensamientos de cosas inmensas que son mansas, mientras que yo tengo en mí un caos interno sin control.
Me dí paso a soñar grandes viajes, a oler cada perfume que se escondía entre las lujosas prendas de mi sentimentalismo, volar mentalmente sobre las nubes y adoptar costumbres cotidianas.
Dulces sueños sin culpa, donde alguna vez sentimos ilusiones que no dañarían a nadie y rotar un movimiento dentro de un círculo vicioso. Nadie sale lastimado, una gran travesía de pasiones con las fantasías más culpables de la humanidad.
Después de unos 20 minutos, despierto. No puedo evitar de pensar en la gloriosa situación de conflictos ajenos, aquellos por los que pocas veces sentiría envidia y deseos por convertirlos míos. Casi todo el cuerpo entumido me levanto de aquel suelo frío como el corazón de un verdugo. Etiqueté cada uno de mis conflictos; ¿No es eso a lo que me ha llevado siempre a una solución? dije yo. Mi espacio es el complice de mis problemas, mi mundo, mi mente, es el problema de convivir conmigo mismo siendo que quiero estar tranquilo. Mi preocupación me lleva a más del límite y me niega a dejar amar todo lo que siempre he querido, mi soledad era siempre, la que dijo como saldría de las malas, mi compañera, una víl amiga silenciosa que te permite reflexionar y me deja muy claro, que lo que quiero es permitirme amar y ser amado.





